Carlos Alaimo: “Habitar la patria desde el alma”

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Cuando se ama, se ama desde el alma. Sin artificios, sin mayores diatribas, sin geografía. Cuando el amor es hacia la patria, se ama, desde la esencia de lo que fue, de lo que fuimos y de lo que potencialmente estamos llamados a ser. Con un profundo apego.

Así es como el “emboque”, el trompo, saltar la cuerda, el juego a escondidas, las metras, la “guachafa”, la suspicacia, la “chispa”, la natural alegría se respiran por los poros, estemos donde estemos.

Romper con ese hilo de plata que nos conecta con la venezolanidad, no es cosa fácil, ni de dos días. Y es que la identidad no se define de manera sencilla, pues se funde en ese espacio donde se construye la familia, donde se configuran los valores, donde se triunfa o se fracasa, donde se entretejen los sueños y proyectos; donde habita, en lo cotidiano, nuestro espíritu.

Es cierto. Según aproximaciones estadísticas, se han ido unas 4 millones de personas (un millón de los cuales son de la zona occidental, por el efecto frontera), que emigraron solos (sin familiares) y que estarían dispuestos a regresar solo “si las cosas cambian”.

Venezolanos, en su mayoría entre 25 y 44 años, que ceden ante una realidad cruenta, en apariencia irreversible. Porque es momento de vendavales, de demonios sueltos, de emociones intrincadas.

Hoy, toda una nación parece dirigirse a su propia destrucción sin advertirlo, encontrando como solución abandonar los recursos, los bienes, los amores, las capacidades, los sueños, la familia, los amigos, los encuentros y desencuentros. Hoy el venezolano desea salir corriendo sin medir la distancia hacia su objetivo, los obstáculos del camino, las oportunidades, su ardua preparación, que será o no valorada adonde decida recalar.

Emigrar para vivir mejor, parece ser la premisa. Aspectos como la legalidad de la residencia en otro país, el acceso a la protección social, el sitio donde se vivirá al llegar a los nuevos territorios, la aceptación de la sociedad en donde se insertará el nuevo inmigrante, la posibilidad laboral, suenan superables gracias al amigo, al conocido o recomendado, quien lo ayudará y lo apoyará incondicionalmente, pero ¿es así? ¿La fortuna estará aguardando con los brazos abiertos? Muchas veces sí. Otras no. Realidad o ilusión.

Visión derrotista o positiva. Depende del cristal con que se mire.

Para muchos, la diáspora tiene justificaciones suficientes para erigirse en la solución pronta y correcta, pero es cierto también que en nuestra república todo está por hacerse. El hogar no puede quedar a la deriva. Alguien tiene que cuidarlo.

Migrar para lograr una vida aceptable, algo feliz o algo tranquila es valorable, pero reconstruir desde los cimientos una nueva sociedad, una infraestructura moderna, aplicar tecnologías novedosas, diseñar avanzados programas de educación, rehacer las redes de salud, levantar las empresas del estado, crear nuevas industrias nacionales, motivar a los inversionistas que se quedaron a construir, a producir.

En definitiva, ser partícipe de la creación de una nueva República no tiene precio y se haría, ya no desde la irresponsable visión del corto plazo de los años de bonanza, sino desde la convicción de no fallar.

Pase lo que pase, desde afuera o desde adentro, siempre se es venezolano. Uno siempre vuelve a los lugares donde amó la vida. Físicos, emocionales o espirituales. Uno siempre vuelve.

 

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